Lengua bárbara

– El amor, por ejemplo. Sabes qué es, pero se resiste a una explicación detallada.
– El amor es un concepto sutil -admití-. Es elusivo, como la justicia pero puede definirse.
A Vashet le centellearon los ojos.
– Pues defínelo, mi inteligente alumno. Dime qué es el amor.
Pensé un momento, y luego otro, más largo.
Vashet sonrió.
– ¿Ves lo fácil que lo tendré para detectar lagunas en cualquier definición que me des?
– El amor es la voluntad de hacer cualquier cosa por alguien -dije-. Incluso en detrimento propio.
– En ese caso -repuso ella-, ¿en qué se diferencia el amor del deber o la lealtad?
– En que está combinado con la atracción física -dije.
– ¿También el amor de una madre? -inquirió Vashet.
– Pues combinado con un profundo cariño -me corregí.
– ¿Y qué quieres decir exactamente con <<cariño>>? -dijo ella con una calma desquiciante.
– El cariño es… -Me estrujé el cerebro tratando de pensar cómo podía describir el amor sin recurrir a otros términos igualmente abstractos.
– Esa es la naturaleza del amor -dijo Vashet-. Intentar describirlo volvería loca a cualquier mujer. Por eso los poetas se pasan la vida escribiendo. Si uno de ellos pudiera describirlo definitivamente en el papel, los otros tendrían que abandonar sus plumas. Pero es imposible.
Levantó un dedo.
– Pero solo un necio puede afirmar que no existe el amor. Cuando ves a dos jóvenes mirándose fijamente con los ojos lagrimosos, allí está. Tan denso que podrías untarlo en el pan y comértelo. Cuando ves a una madre con su hijo en brazos, ves el amor. Cuando lo notas agitarse en tu vientre, sabes qué es. Aunque no puedas expresarlo con palabras.


El temor de un hombre sabio“, Patrick Rothfuss

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Extraño

Ahora que ha acabado la Navidad me estoy dando cuenta que este año ha sido el primero en el que realmente no tenía ninguna gana de celebrarla, ni siquiera mi cumpleaños que justo pilla en medio.
Creo que tiene algo que ver el hecho de que llevo varios años que me siempre tengo que trabajar alguno de los días clave, más concretamente el 24, lo peor es que trabajo de noche, porque si trabajara en un horario más “normal” seguramente no habría tenido esta sensación.
Creerme si os digo que ir a trabajar el día 24 es bastante jodido.
Jodido por no pasar la cena con la familia.
Por todos los recuerdos que se te vienen de los que ya no están y por si fuera poco estás sola con ellos durante las 10 horas que dura tu turno de trabajo.

No sé, el año pasado fue muy raro, sobre todo los dos últimos meses, entre tantos recuerdos y estas Navidades tan extrañas y tan desganadas.
Siempre me ha gustado la Navidad, siempre me ha gustado poner los adornos y demás; pero es verdad, que desde que murió mi padre siempre han sido fechas algo más extrañas.
Espero que las próximas sean mejores en cuanto a ánimos.

Y con respecto al nuevo y al año que se acabó. Balance no voy a hacer, ya lo he dicho más arriba, 2018 ha sido un año bastante raro.
Al 2019, pedirle tampoco le voy a pedir nada muy concreto, sólo que no sea tan raro, por lo demás, venga lo que venga lo afrontaré y ya está.

Es un post un poco extraño también este, pero llevo queriendo escribir hace tiempo sobre esto y no sé qué me pasa que últimamente me cuesta también bastante escribir, entonces me he obligado a hacerlo, aunque no tenga mucho sentido lo escrito, pero si no me obligo al final dejaré de escribir y no quiero eso.

La tregua.

Era ese llanto que sobreviene cuando uno se siente opacamente desgraciado. Cuando alguien se siente brillantemente desgraciado, entonces sí vale la pena llorar con acompañamiento de temblores, convulsiones, y, sobre todo, con público. Pero cuando, además de desgraciado, uno se siente opaco, cuando no queda sitio para la rebeldía, el sacrificio o la heroicidad, entonces hay que llorar sin ruido, porque nadie puede ayudar y porque uno tiene conciencia de que eso pasa y al final se retoma el equilibrio, la normalidad.

La tregua“, Mario Benedetti.

978607313353
La tregua, Mario Benedetti

 

Ojalá estuvieras aquí.

El sábado pasado estuve de comida familiar, con mi familia paterna, porque una hermana de mi padre hacía las bodas de oro y quería que nos juntáramos todos, últimamente está un poquito decaída, así que siempre que le apetece, toda la familia hacemos lo imposible para juntarnos todos y que nos tenga a todos juntos.

Resulta que al ser las bodas de oro, quisimos hacerle un pequeño regalo; el regalo consistía en un book de fotos tanto de cuando ella era pequeña como de ahora y que fuéramos saliendo todos para que lo tuviera de recuerdo. Cada vez que en esas fotos se veía a mi padre o a una de sus hermanas, los señalaba y decía su nombre con un hilillo de voz por la emoción de verles de nuevo.

Pues, resulta que desde ese día estoy algo de bajón. Ya que a esto le tengo que añadir que el 4 de este mes fue el 71 cumpleaños de mi padre y como justo luego ocurrió esto, no hago más que echarle de menos y desear que ojalá estuviera aquí, conmigo, con mi madre, con todos nosotros para seguir disfrutando de su risa y de su mirada; las cuales muchas veces me parece haber olvidado, y eso me entristece demasiado.

Ojalá volviésemos a estar los tres juntos.
Te echo tanto de menos que últimamente me duele demasiado el pecho.

Así que por eso llevo varios días como triste y muy desganada, incluso lo único que me apetece es estar en casa sin apenas hacer nada. Pero sé que eso no es bueno, así que yo misma me obligo a procurar hacer cosas; aunque me dé mi momento de estar en la mierda, no me permito estar mucho tiempo, sino que rápido me digo a mi misma que hay que seguir, que es normal echarle de menos, pero que yo tengo que seguir con mi vida y seguir viviendo con este vacío que será imposible de llenar, pero sí de sobrellevar.

Gritarlo todo

Hay veces que lo único que quieres y necesitas es gritar. Pero no hablo sólo de gritar en medio del campo o de la ciudad o de dónde sea hasta que se te rompa la voz y decir: coño, qué agusto.
No. Hablo de gritar pero diciendo algo. Y no al aire y que se quede ahí flotando, sino gritarlo para que cierta persona se entere de lo qué está haciendo y ver si así reacciona y para, porque sabes que o para o va a acabar muy mal. Y ya no es sólo porque no acabe mal esa persona si no porque no nos arrastre a los que estamos a su alrededor.
Y puede sonar egoísta, pero es la verdad, sólo quiero vivir tranquila y en paz, pero esta situación hace que al final vivamos siempre con el temor a recibir en cualquier momento esa llamada y no es justo porque no se da cuenta que no sólo él lo está pasando mal.
Ojalá poder gritarlo todo y por un momento sentirte algo más vacía, algo más ligera.

Los robots del amanecer

Giskard se alejó, avanzando imperturbable bajo la lluvia. Los relámpagos estallaban casi continuamente y los truenos formaban un sordo gruñido que se elevaba en un crescendo cada pocos minutos.
Por primera vez en su vida, Baley sintió envidia de los robots. Se imaginó lo que sería poder caminar bajo aquel diluvio, ser indiferente al agua, a las imágenes, a los sonidos, ser capaz de hacer caso omiso de lo que le rodeaba y llevar una pseudo vida absolutamente valiente, y no conocer el miedo al dolor o a la muerte, pues el dolor y la muerte no existían.
Y, no obstante, ser incapaz de poseer originalidad de pensamiento, ser incapaz de tener destellos imprescindibles de intuición…
¿Valían estos dones el precio que la humanidad pagaba por ellos?


Baley volvió a cerrar los ojos y no hizo ningún esfuerzo para colaborar en el secado. Notó que le daban vueltas y vueltas bajo un chorro de aire caliente, y que le vestían otra vez con una especie de cálido batín.
¡Un lujo! No le había sucedido nada semejante desde que era un niño, y de pronto sintió lástima por los bebés, a quienes había que hacérselo todo y que no tenían suficiente conciencia de ello para disfrutarlo.
¿O sí la tenían? ¿Era acaso el recuerdo oculto de aquel lujo de la infancia un determinante de la conducta en la edad adulta? ¿Era quizá la sensación que ahora percibía una mera expresión del placer de ser otra vez un niño?
Además, había oído una voz de mujer. ¿Su madre?
No, eso era imposible.
– ¿Mamá?
Ahora estaba sentado en una butaca. Sintió, comprendió de algún modo, que aquel breve y feliz instante de infancia reencontrada estaba a punto de terminar. Tenía que volver al triste mundo adulto en que cada uno se cuidaba de sí mismo.

Los robots del amancer“, Isaac Asimov (escritor, 1920-1992)

Día Mundial Contra el Cáncer

No suelo escribir normalmente nada ni compartir nada en días como el de hoy, porque creo que por estas cosas no se consigue nada, pero no sé por qué hoy me estoy acordando de todo esto…

En el día de hoy sólo puedo acordarme de todo lo que pasé, de cómo por un momento pensé que podría quedarme totalmente sola en cuestión de segundos. Ver a tus padres pasando a la vez por la misma enfermedad, por un cáncer, no es nada fácil.

Mi padre no lo superó, en un mes se fue y todavía no me hago a la idea de que ya no esté…
Mi madre, lo superó. Para mi, mi madre es un ejemplo de lucha y superación enorme. Es la persona que más admiro. Superó al mismo tiempo su cáncer y la pérdida de su marido con unas fuerzas que ni ella misma sabía que tenía, y que todavía sigue demostrando tener para mucho rato.

Por eso, en mi caso, conozco ambas situaciones y lo único que puedo pedir en un día como el de hoy es que se siga investigando sobre todos los tipos de cáncer que existen y sobre todo que sigamos teniendo una sanidad pública y gratuita que nos garantice a todxs poder acceder a esos tratamientos para así tener todavía más posibilidades de superarlo.

Para las personas que están pasando por esta enfermedad, les envío fuerza y ánimo, pero también envío paciencia a las personas que están acompañándolas en este proceso, ya que muchas veces nos olvidamos de ellas y hay que hacerles sentir también que no están solxs. Porque os puedo asegurar que en momentos así te sientes especialmente sola…
Y para lxs que ya no están con nosotrxs, no os olvidamos, siempre estaréis ahí.